AEHDA. Asociación inscrita en el registro nacional de asociaciones. Sección: 1ª - Numero nacional: 617232 - NIF: G.88363312

CUALIDADES DEL PROFESIONAL HIPNÓLOGO

Un buen terapeuta sabe escuchar a sus pacientes. Pero no sólo aquello que dicen, sino también aquello que hacen y aquello que son.

Lo que nos cuenta un cliente durante la anamnesis o historia clínica es fundamental. Pero también lo es la forma en que camina y se mueve, la forma en que nos mira o el tono de voz con el que nos responde. Todo lo que emana del paciente es importante, y un buen terapeuta sabe tenerlo en cuenta.

Para poder escuchar la globalidad de un cliente, hay que estar en un estado receptivo óptimo que trasciende el pensamiento racional. ¿Por qué? Porque la mente suele bloquearse, engañarnos y usar patrones repetitivos cerrados que nos impiden avanzar o encontrar soluciones.

Cuando nuestra mente está libre, tranquila y sosegada, conseguimos operar de forma simultánea con otros canales perceptivos, como la intuición, y logramos una atención plena que nos permite percibir mucha más información.

Desde este estado de receptividad somos más eficaces a la hora de captar detalles sutiles, relacionar datos y encontrar soluciones ingeniosas que antes no podíamos ver

Un buen terapeuta sabe que una de las claves del éxito de la terapia es un buen diagnóstico.

Si acudes a cualquier tipo de terapeuta y éste empieza a tratarte sin antes haber hablado contigo y haberte hecho multitud de pruebas, preguntas y tests, mejor que salgas corriendo.

Un terapeuta que se limita aplicar técnicas no es más que un operario de fábrica, capaz de solucionar ciertos problemas generales, pero potencialmente peligroso e incapaz de dar respuesta a problemas complejos.

Un terapeuta capaz de hacer un buen diagnóstico, mejora sobremanera su eficacia, pues conocerá cuál es el problema y sabrá exactamente dónde y cómo aplicar su acción terapéutica.

También debe acumular experiencia y, con el paso de los años, utilizarla para perfeccionar su razonamiento clínico y mejorar la eficacia de sus tratamientos.

Un terapeuta que, además de saber escuchar a sus clientes y realizar un buen diagnóstico, integra simultáneamente sus conocimientos y su experiencia es capaz de dar soluciones a problemas complejos. Porque comprende la naturaleza de la disfunción y, por tanto, sabe aplicar con eficacia la mejor técnica o acción terapéutica en cada caso.

Un buen terapeuta, utiliza sus conocimientos y su experiencia, conecta y empatiza con el paciente de forma humana con un único y honesto propósito: ayudarle a mejorar de sus dolencias.

Así pues, un buen terapeuta hace que sus pacientes participen y se impliquen al máximo en sus tratamientos.

Y es que, cuando un paciente es consciente del problema que tiene, sabe por qué lo tiene, confía en su terapeuta y alberga la firme voluntad de mejorar de sus dolencias, las probabilidades de éxito o curación aumentan exponencialmente.

Es humilde y es consciente de que él no cura.

Muchos terapeutas, a medida que mejoran profesionalmente, tienden a desarrollar cierta arrogancia e incluso la falsa creencia de que son responsables directos del proceso de curación del paciente.

Un buen terapeuta es humilde, y sabe que el último responsable de la curación es el propio paciente. Por tanto, es consciente de que, en ocasiones, nada puede hacer para lograr dicha curación. Por muchos conocimientos, experiencia y talento que tenga.

Cuando es estudiante suele dedicarse en cuerpo y alma a sus estudios. Y aunque sacrifique parte de su vida social y familiar, sabe que todo ello valdrá la pena cuando esté frente a un paciente y, gracias a ello, sepa dar respuesta a sus problemas.

Cuando ejerce su profesión, se forma continuamente en nuevas técnicas, descubrimientos o, simplemente, en revisar y no olvidar lo que ya sabe. Y también se esfuerza por no caer en la ejecución repetitiva de técnicas y protocolos, sino que intenta innovar y probar nuevas formas de tratar a sus pacientes.

Por último, asume que su profesión es un reto y una responsabilidad de por vida que implica, en muchas ocasiones, trabajar bajo presión y hacer ciertos sacrificios.